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Cambiar el plato para cuidar la nieve: lo que dejó la prueba de la FIS en Åre

La FIS evaluó en Åre un nuevo enfoque alimentario que busca mejorar el rendimiento y reducir el impacto ambiental, apostando a cambios graduales y adaptables a distintas culturas.

 

El último fin de semana, en Åre, la Federación Internacional de Esquí y Snowboard llevó a la práctica uno de sus proyectos más interesantes fuera de la pista: ajustar la alimentación en plena Copa del Mundo para ver si se puede rendir al máximo y, al mismo tiempo, reducir el impacto ambiental.

La iniciativa Food for White Winters se metió de lleno en el evento, con menús especialmente diseñados para atletas, equipos, voluntarios y staff. No fue un cambio radical ni mucho menos, sino una prueba concreta en contexto de alto rendimiento, donde cada detalle suma.

 

 

El enfoque apunta a encontrar un equilibrio: sumar más alimentos de origen vegetal, priorizar productos locales y de estación, y optimizar las porciones de carne, sin eliminarla. De hecho, cuando aparece en el plato, se elige con criterio y calidad, buscando un mejor aprovechamiento nutricional.

Entre los nombres que acompañaron el proyecto estuvieron referentes del esquí como Charlotte Kalla y Andre Myhrer, aportando una mirada desde adentro del deporte. La base científica, en tanto, llegó de instituciones como el Centro de Resiliencia de Estocolmo y la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas.

 

 

Durante el evento se recopilaron datos sobre el impacto ambiental de las comidas, su valor nutricional y la aceptación por parte de quienes las consumieron. También hubo entrevistas para detectar desafíos concretos, desde la logística hasta los hábitos alimentarios de los equipos.

Los primeros números ya marcan una tendencia interesante. En la alimentación de voluntarios se logró una reducción cercana al 10% en el impacto climático, mientras que en los platos destinados a los atletas, el ajuste de unos 50 gramos menos de carne por porción permitió bajar alrededor de un 20% las emisiones asociadas.

 

 

Más allá de los datos, lo que se busca no es imponer un cambio brusco, sino abrir una discusión lógica dentro del deporte. La producción de alimentos tiene un peso importante en las emisiones globales, y eso impacta directo en la nieve, cada vez más variable.

En la FIS lo entienden como un proceso. La idea es tomar estos resultados, ajustar lo que haga falta y avanzar hacia recomendaciones que sean aplicables en distintos contextos, respetando culturas y costumbres.

En definitiva, lo que dejó Åre no es una receta cerrada, sino una puerta abierta. La alimentación empieza a meterse en la conversación del alto rendimiento con una mirada más amplia, donde el objetivo no es solo rendir hoy, sino también cuidar el escenario donde se compite. Ajustar sin imponer, mejorar sin perder identidad: por ahí parece ir el camino. Y en un deporte que depende tanto del invierno, cualquier cambio que sume, por más chico que sea, ya empieza a jugar su parte.

 

 

 

 

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